La mayor preocupación de una persona cuando planea tener descendencia se centra en cómo garantizar la buena salud tanto física como mental de ese futuro ser humano. Desde el mismo momento en que el nuevo individuo es alumbrado establece una búsqueda activa –mediante gestos, miradas, muecas, sonidos, llantos, sonrisas…– de una figura con la que establecer un lazo interpersonal –apego– que le proporcione seguridad y satisfaga sutiles necesidades más allá de las puramente nutricionales o de índole material. El bebé se enfrenta a la realidad extrauterina en condiciones muy precarias y el apego precoz (entre el nacimiento y los 2-3 años) a un adulto le ayuda a comprender los estímulos que llegan de su propio cuerpo y del exterior, a calmar ansiedades y sentimientos cuyo significado desconoce y que pierden su carácter amenazador cuando la proximidad, la sonrisa, la mirada o la palabra tranquilizadora de ese ser único acaban con el temor y la incertidumbre, y le permiten desarrollar con éxito estructuras mentales que, posteriormente, le hacen posible ir haciéndose cargo autónomamente de sus descubrimientos y experiencias emocionales. El carácter esencial de esta primera vinculación no es exclusivo de los seres humanos. Basta recordar la inolvidables imágenes de Konrad Lorenz seguido por una hilera de gansos que lo “adoptaron” como madre.http://revistainnovamos.com/2018/01/05/vinculos-amorosos-para-prevenir-el-desequilibrio-emocional/

Publicado: 6 de Enero de 2018